Genealogía de un campo con más de un siglo de historia —de Kjellén, Ratzel y Mackinder a la geopolítica crítica— y su vigencia estratégica para una Argentina cuya geografía vuelve a ser objeto de disputa.
Pocas palabras del vocabulario contemporáneo circulan con tanta frecuencia y tan poca precisión como "geopolítica". Se la invoca para explicar guerras, sanciones, rutas comerciales y hasta fluctuaciones cambiarias. Sin embargo, detrás del uso periodístico existe un campo de conocimiento con más de un siglo de historia, atravesado por rupturas teóricas y por una pregunta persistente: ¿cómo condiciona el espacio geográfico el ejercicio del poder político?
Los orígenes de un concepto
El término fue acuñado en 1899 por el politólogo sueco Rudolf Kjellén, quien concebía al Estado como un organismo vivo cuya existencia dependía del territorio que ocupaba. Kjellén sistematizaba así intuiciones previas de Friedrich Ratzel, fundador de la geografía política moderna, para quien los Estados necesitaban "espacio vital" (Lebensraum) para desarrollarse.
En paralelo, dos pensadores anglosajones dotaron al campo de sus primeras grandes hipótesis estratégicas: el estadounidense Alfred Thayer Mahan sostuvo que el dominio de los mares definía la primacía mundial, mientras que el británico Halford Mackinder, en su célebre conferencia de 1904, postuló que quien controlara el "corazón continental" euroasiático (Heartland) controlaría el destino del mundo.
Esta primera geopolítica, llamada clásica, compartía un supuesto de fondo: la geografía era un dato objetivo, casi determinante, que fijaba el destino de las naciones. Ese determinismo tuvo consecuencias trágicas. La escuela alemana de Karl Haushofer, que radicalizó las ideas de Ratzel, terminó proveyendo justificaciones pseudocientíficas al expansionismo del Tercer Reich. Tras 1945, la palabra quedó estigmatizada: durante décadas, hablar de geopolítica en la academia occidental equivalía a evocar un saber cómplice del nazismo.
De la proscripción a la renovación crítica
La rehabilitación llegó por dos vías. La primera fue práctica: durante la Guerra Fría, la lógica de bloques, la doctrina de la contención y conceptos como el "arco de crisis" demostraron que las potencias seguían razonando en términos espaciales, aunque evitaran la palabra. Figuras como Henry Kissinger la reintrodujeron en el lenguaje diplomático estadounidense en los años setenta, ya despojada de sus connotaciones organicistas y entendida como sinónimo de equilibrio global de poder.
La segunda vía fue teórica. Desde los años ochenta, autores como Yves Lacoste en Francia —fundador de la revista Hérodote— y, más tarde, Gearóid Ó Tuathail y John Agnew en el mundo anglosajón, impulsaron la llamada geopolítica crítica. Su giro fue copernicano: el espacio dejó de ser un dato natural para convertirse en una construcción social y discursiva. La pregunta ya no era solamente cómo la geografía condiciona la política, sino quién produce las representaciones espaciales dominantes —los mapas, las regiones, las fronteras "naturales"— y al servicio de qué intereses. Lacoste lo sintetizó en un título provocador: la geografía sirve, ante todo, para hacer la guerra.
Hoy puede definirse la geopolítica, en un sentido amplio, como el estudio de las relaciones entre el poder —estatal y no estatal— y los espacios geográficos, incluyendo tanto las rivalidades por el control de territorios y recursos como las representaciones que los actores construyen sobre esos espacios. No es una disciplina cerrada sino un campo de intersección entre la geografía, la ciencia política, las relaciones internacionales, la historia y la economía política.
Nuevas dimensiones de un viejo problema
El objeto de la geopolítica se ha expandido junto con las transformaciones del sistema internacional. A las dimensiones clásicas —el territorio, el mar, los estrechos y pasos obligados— se sumaron otras que las teorías fundacionales no podían anticipar. La geoeconomía analiza cómo los Estados utilizan instrumentos comerciales y financieros (sanciones, aranceles, control de inversiones) como armas estratégicas. La geopolítica de los recursos estudia la competencia por hidrocarburos, minerales críticos como el litio, agua dulce y tierras cultivables. La dimensión tecnológica incorpora la disputa por los semiconductores, los cables submarinos de datos y la inteligencia artificial. Incluso el ciberespacio y el espacio ultraterrestre se han convertido en escenarios de rivalidad con lógicas territoriales propias.
Al mismo tiempo, la geopolítica dejó de ser patrimonio exclusivo de las grandes potencias. Los Estados intermedios y las regiones periféricas producen sus propias lecturas espaciales: la integración sudamericana, los corredores bioceánicos, las hidrovías fluviales o la proyección antártica son ejemplos de cómo el razonamiento geopolítico opera también desde el Sur, no solo sobre él.
La geopolítica y la Argentina
Para la Argentina, la mirada geopolítica no es un lujo académico sino una necesidad estratégica, porque el país posee una dotación espacial excepcional que el nuevo escenario mundial revaloriza. Es un Estado bicontinental con proyección antártica, octavo territorio del planeta, con más de 4.700 kilómetros de litoral marítimo y una plataforma continental extendida reconocida internacionalmente. Su Zona Económica Exclusiva —y la disputa de soberanía pendiente sobre las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur— la sitúan de lleno en la geopolítica del Atlántico Sur, un espacio cada vez más observado por las potencias en función de sus pesquerías, sus hidrocarburos offshore y su condición de antesala antártica.
A esa dimensión marítima se suma la continental. La Argentina integra la Cuenca del Plata, el segundo sistema hidrográfico de Sudamérica, cuya hidrovía Paraná-Paraguay constituye la arteria por donde sale la mayor parte de su producción agroexportadora: quien piense el país sin pensar sus ríos ignora su principal infraestructura estratégica. Los corredores bioceánicos que buscan conectar el Atlántico con los puertos chilenos del Pacífico reposicionan a las provincias del interior —tradicionalmente pensadas como periferia— en el centro de las rutas hacia los mercados asiáticos. Y la transición energética global convirtió al norte argentino, integrante del llamado "triángulo del litio", junto con Vaca Muerta y el potencial de hidrógeno verde patagónico, en piezas codiciadas del nuevo mapa de los recursos críticos.
La competencia entre Estados Unidos y China atraviesa directamente estos activos: infraestructura portuaria, inversiones mineras, telecomunicaciones y estaciones de observación espacial son hoy terreno de disputa entre las dos superpotencias en territorio argentino. Frente a ello, la tradición geopolítica nacional —de Segundo Storni y su temprana advertencia sobre los intereses marítimos a los desarrollistas que pensaron la integración física del territorio— ofrece un acervo propio para formular una política exterior que no sea mera adaptación a agendas ajenas. La geopolítica, leída desde la Argentina, es la disciplina que permite transformar una dotación geográfica extraordinaria en un proyecto de desarrollo e inserción internacional autónoma, en lugar de padecerla como territorio en disputa de terceros.
Conclusión: la vigencia de la mirada geopolítica
Si durante los años noventa se proclamó el "fin de la geografía" —un mundo plano, globalizado, donde la distancia habría perdido relevancia—, el siglo XXI se encargó de desmentirlo. La invasión rusa de Ucrania reactualizó las viejas hipótesis sobre el Heartland; la competencia entre Estados Unidos y China se despliega sobre mapas reconocibles para Mahan (el Indo-Pacífico, los estrechos de Taiwán y Malaca); la pandemia y las guerras recientes revelaron la vulnerabilidad de las cadenas de suministro y devolvieron centralidad a la localización de la producción; la transición energética convirtió a los minerales críticos en el nuevo petróleo.
En este contexto, la geopolítica importa por una doble razón. Como saber analítico, ofrece claves indispensables para comprender un orden internacional en transición hacia la multipolaridad, donde el territorio, los recursos y las rutas vuelven a ser objeto de disputa explícita. Como saber crítico, nos advierte que los mapas nunca son inocentes: toda representación del espacio mundial encierra una jerarquía de intereses. Para un país como la Argentina, cuya geografía vuelve a ser objeto del interés de las grandes potencias, comprender la geopolítica es, entonces, tanto una herramienta para leer el mundo como una defensa intelectual frente a quienes pretenden leerlo —y decidirlo— por nosotros.